9 minutos de emociones

La siguiente lectura contempla que un lector promedio la termine en 9 minutos, sin embargo puedes tardarte menos si tu intención fuera vencer lo promedio; o bien, puedes tardarte mucho más si tu intención es el aprendizaje. ¡Disfruta!


¿Qué es una emoción?

Podemos decir que la emoción es la predisposición a la acción, viene del latín emovere (mover hacia afuera), es decir, "lo que me mueve", aquello que "me pone en acción".



Cada emoción me predispone a acciones distintas. Las emociones, como tal, no pueden ser consideradas como buenas o malas, simplemente nos funcionan o no dependiendo de los resultados que deseamos lograr.


La emoción me lleva a actuar, por ejemplo, si tengo rabia, mi predisposición puede ser a querer castigar; el agradecimiento me puede llevar a querer servir a otro; el estar resentido puede llevarme a la venganza o el estar resignado puede llevarme a simplemente a no hacer nada, a quedarme inmóvil; el miedo a protegerme, la tristeza a recogerme; el amor a estar cerca, conectar, abrazar.


Nuestras acciones y resultados, por lo tanto, estarán siempre ligados a la emoción con la que actuamos. Sin duda no tendré el mismo resultado si invito a mi pareja a pasar un fin de semana en el bosque si lo hago desde la ternura a si lo hago desde la apatía.


Cada emoción tiene un espacio de valor esencial en nuestro desarrollo como seres humanos. Querer prescindir de una o de otra por decir que es "mala o negativa" es similar a decir que no quiero usar mi intestino grueso porque esta lleno de heces.


A continuación te presento un resumen de las luces y sombras de las emociones básicas: alegría, tristeza, rabia, miedo, erotismo, ternura y gratitud en el ser humano, está tomado de una conferencia impartida por Julio Olalla, Máster Coach de Newfield Networks.


Luces y sombras de las emociones:


La rabia es la emoción asociada a un juicio de injusticia.

Esta emoción nos entrega la fuerza y el coraje para frenar los abusos, decir “esto es injusto, atenta contra mi dignidad y no lo acepto”. Gracias a la rabia construimos lo que somos y en especial lo que no queremos ser. Si no pudiésemos sentir y habitar la rabia, seriamos completamente manipulables, sin una identidad propia y sin individualidad.


La rabia es una emoción que nos transmite el mensaje de que necesitamos cambiar algo en nuestra vida que no funciona como queremos, y nos da el impulso para realizar ese cambio.


Ahora puede ser, por supuesto, que si la rabia se transforma en un estado de ánimo, todo se ve como injusto, con el sufrimiento que eso conlleva. Si vivimos la vida en la rabia como estado de ánimo, podríamos explotar ante cualquier cosa e incluso convertirnos en tiranos en nuestras relaciones con otros.


El miedo es la emoción asociada al juicio de una posible pérdida.

Vemos el miedo como un consejero que nos dice que algo en nuestra vida tiene valor y debemos cuidarlo. Ese miedo se presenta porque nuestra seguridad se puede ver afectada y por lo tanto nuestra integridad está en peligro. Estamos frente a algo incierto, que nos expone a situaciones que no queremos para nosotros.


Algunas veces rechazamos el miedo, por considerarlo una emoción negativa. Sin embargo ese mismo miedo que no nos gusta sentir, nos quiere decir algo precioso: que debemos cuidarnos. Sin miedo cruzaríamos la calle sin mirar a los costados, o conduciríamos de forma temeraria. Y si no lo hacemos, es porque el miedo nos alerta, nos cuida y nos protege.


Acá hablo del miedo como emoción y no como estado anímico. Si yo vivo en el estado de ánimo del miedo, entonces no hay un peligro determinado, vivo temiendo. No sé a qué le tengo miedo pero tengo miedo. Vivo en el temor, bajo el juicio de que el mundo es peligroso y eso puede cerrarme posibilidades en la vida.


La tristeza es la emoción asociada al juicio de que hubo una pérdida importante.

La tristeza tiene un rol central en el mundo de los valores, en el mundo ético, pues si a nosotros nada nos importa, no hay pérdida que podamos sufrir. La tristeza nos permite distinguir algo que realmente nos importa. La tristeza es compañera indispensable, junto a otras emociones, de los procesos de aprendizaje profundos. La tristeza busca el silencio, nos aleja del mundo por un rato para mirarlo con cierta distancia, con una nueva perspectiva, invitándonos a valorar lo que tenemos y lo que hemos perdido.



Decir que la tristeza es mala no tiene sentido. Cuando aparece la tristeza, ella viene, nos visita, nos ponemos en contacto con una pérdida y después desaparece. Hace su tarea y se va.


En este proceso, ustedes inevitablemente van a pasar por momentos tristes. Cuando nos damos cuenta de lo que hemos perdido por no haber visto algo antes, por no haber conocido algo antes, puede ser que aparezca la tristeza. Ahí les diría: recíbanla y vívanla. Y si vienen las lágrimas, que vengan. Porque ahí hay algo que nos importa y cuando algo nos importa, nos indica el sentido.


La tristeza tiene ese tremendo rol en el aprender, en el saber. Hay algo misterioso en la tristeza que tiene que ver con esto: ¿Han tenido esos días en que viene la tristeza y no saben cuál es la pérdida? Les voy a decir una cosa: si se dan un ratito y escuchan, va a aparecer por ahí el mensajito que la vida tiene para ustedes.


Cuando tengo el privilegio de trabajar con mis estudiantes, uno de los primeros pasos que damos consiste en legitimar la tristeza, en aceptarla como un regalo. Solo entonces ella tiene lugar para realizar su trabajo y una vez que lo ha hecho, graciosamente se retira dejando el terreno para que la alegría haga el suyo.


La ternura es la emoción que apunta al querer y el cuidar, y la que genera el juicio de sentirme seguro.

La ternura es una emoción central, a nuestro juicio, de una forma de saber o conocer el mundo, que se opone a una forma de saber basada en el miedo y que apunta a la predicción y al control.



La ternura nos predispone a las caricias, a la expresión de nuestro amor y también a proteger lo que amamos. Cuando danzamos en ella, canalizamos poderes primordiales que nos enseñan a ser parte de un todo misterioso. Ella nos permite experimentar la fuerza vital de nuestra pertenencia a la vida, y la energía de ser amados, de ser simplemente parte de algo mayor y de estar constituidos en ello.


Un niño que creció sin ternura es un ser humano que no conoce la seguridad. La ternura es fundamental en generar espacios seguros. La ternura no solamente funciona en un espacio pequeño, la ternura puede darse en un espacio colectivo.


La ternura es también un impulso prodigioso que nos posibilita ciertas conversaciones de gran importancia. Es precisamente en el espacio de seguridad que ella crea en donde podemos tener las conversaciones más íntimas, más trascendentes, más sanadoras. Cuando recibimos ternura sabemos que somos amados, cuando la entregamos sabemos que podemos amar. Allí podemos mencionar lo que de otro modo sería innombrable, pedir la ayuda que necesitamos desesperadamente, abrir el alma al amigo, escucharlo en paz.


De las emociones básicas, la ternura es la única que produce un descenso en el ritmo normal de los latidos de nuestro corazón. Es decir, cuando estamos en un espacio de absoluta ternura, el palpitar del corazón baja de su nivel regular.


La ternura es un regalo, un soplo vital, una manifestación de nuestra mutua permanencia. Es una ofrenda, un don, una luz maravillosa en medio del misterio de la vida. Es una fuerza central, una manifestación universal, un mensaje eterno.

El erotismo es la emoción que permite conectar con lo místico de la vida, con el placer de ser y que predispone a la belleza.

El erotismo es la más mística de todas las emociones porque apunta a ser uno con el mundo.


Este es un concepto más amplio del que habitualmente nuestra sociedad utiliza para el erotismo, que tiene ver con la disposición a hacer el amor y a la relación sexual. El lenguaje de la sabiduría y del universo es la belleza, y en ese sentido es profundamente erótico.


Si bien es cierto que el erotismo nos predispone al contacto sexual, no es a lo único que nos predispone. Los grandes poetas, los grandes músicos, los grandes místicos de la Tierra se conectan con el erotismo. El erotismo es fundirnos con lo que amamos: con la Tierra, con Dios, con la belleza. Si leen a Santa Teresa de Jesús, se podrán dar cuenta de lo extraordinario del erotismo en ese contacto con lo divino.



Nosotros como sociedad hemos ido dejando de lado ese erotismo. Es un prejuicio cultural milenario y por eso miramos con desconfianza la sabiduría del mundo místico, y entonces lo místico lo asociamos a prácticas elevadas solo para elegidos y nos perdemos la posibilidad del misticismo en lo cotidiano, perdemos la posibilidad de ver lo sagrado en lo cotidiano.


Una sociedad que le tiene miedo al erotismo acaba muchas veces reprimiendo todo acto de ternura.

La alegría es la emoción que predispone a la celebración

La alegría es entregarnos a la vida simplemente para celebrarla. La risa, por ejemplo, esa que sale del estómago, esa risa intensa, es la más sana de las expresiones del cuerpo, y produce salud.


En una sociedad en que se pierde la alegría lo que surge es el deseo de la excitación, la búsqueda de emociones fuertes, a través de actividades fuertes o de esas películas llenas de explosiones, acción y estímulos. ¿Y saben qué pasa con la excitación? Esto solo se tolera por instantes.

La excitación tiene una estructura que permite fuertes subidas y lo que viene después es la depresión. Por eso la tremenda epidemia de depresión de nuestro tiempo está asociada a la búsqueda de la excitación. Es una búsqueda interminable pues el próximo viaje tiene que ser más alto o más fuerte porque de lo contrario ya no nos satisface. La alegría, en cambio, podemos vivirla constantemente. Nuestro cuerpo acepta la alegría como una emoción regular.



La gratitud es la emoción asociada con un juicio de satisfacción.

Cuando no hay gratitud, la satisfacción es casi imposible, si es que no directamente imposible. La gratitud es esta emoción que dice: “gracias por lo que recibo o lo que tengo, por los que me aman, por la existencia, eso es. No estoy esperando ni buscando, ni apreciando solamente aquello que no tengo”.


La gratitud, que viene del latín ‘gratis’, es la capacidad de despertar en la mañana, respirar y dar gracias por el aire o por el agua; dar gracias por lo que estamos comiendo, tomar la mano del hijo chiquitito que se me acaba de meter en la cama y celebrar su manito dulce y decir “gracias por este ser maravilloso”. Esa es la gratitud, gracias porque sí. En la gratitud no hay intercambio, son puros regalos.


La gratitud cuando la cultivamos es simplemente sorprendente.

La gratitud se conecta con la alegría porque cuando no somos capaces de recibir los infinitos regalos de la vida, la alegría tiende a desaparecer pues no hay nada que celebrar.

No tengo que perseguir momentos extraordinarios para encontrar la felicidad. Está justo frente a mí si presto atención y practico la gratitud. Brené Brown

A medida que cultivemos la gratitud empezamos a tener un placer por lo cotidiano, por la existencia, y un deseo de servir a otros. El deseo de servir a otro ser humano lo entendemos como un acto ético, y es insuficiente si no tiene un profundo significado en términos de su poder ontológico. Es decir cuando nosotros servimos, nos constituimos en seres que no pueden ser sin servir. Es decir, el acto del servicio produce un enriquecimiento de nuestra existencia. Nosotros podemos ser regalos. Es la emoción que nos predispone en la vida a ser un regalo.


Pero generalmente vivimos en la escasez. En nuestra sociedad todo tiene precio pero nada tiene valor, y eso produce insatisfacción. Fíjense que la satisfacción se convierte en un enemigo del sistema económico, porque éste funciona en gran parte para satisfacer nuestras insatisfacciones. El consumismo es una consecuencia directa de la insatisfacción.


Quiero hacer una distinción entre gratitud y agradecimiento. Me parece fundamental para la reflexión en que estamos. Gratitud es la emoción que experimentamos al recibir un regalo. Agradecimiento, por su parte, es la emoción que experimentamos al concluir una transacción, cuando nuestras condiciones de satisfacción han sido alcanzadas. Nos mueve a manifestar que ese particular intercambio se ha completado. Ambas son de gran poder, ambas tienen su rol en una buena vida. 


Veamos la gratitud en relación a la cosmología de nuestra era. Si el Universo en que vivimos no tiene propósito ni sentido; si además es indiferente a los seres humanos, si carece de consciencia, si está constituido por materia y energía que simplemente sigue leyes físicas que determinan su curso, si al final de todo, este Universo no es sino una máquina, ¿cómo podríamos agradecerle a la naturaleza por lo que nos da? ¿Por qué sentir gratitud hacia el mar, o hacia el bosque? Si el Universo carece de divinidad, de sacralidad, ¿cómo podría tratarlo con reverencia o respeto? En cambio lo que solemos ver son materias primas, recursos que nosotros los seres humanos estamos llamados a explotar, y ello lo lograremos cada vez más eficientemente mientras nuestro dominio, nuestro control de la naturaleza, sea mayor.


Recuperar nuestra gratitud, aparte de devolverle el encanto y la divinidad a nuestro universo, nos llena de humildad y de compañía.

“¿Dónde estarías sin tus emociones? Nuestras emociones realmente dan color a nuestras vidas. Trata de imaginar por un momento un mundo donde no ocurren emociones. Ninguna dicha sería posible. Ningún sentimiento de felicidad, gozo, caridad o generosidad. Ningún amor sería sentido, ninguna emoción positiva de ninguna clase. En este planeta imaginario sin emociones, tampoco habría emociones negativas. Ninguna tristeza, ninguna angustia, tampoco sentimientos de depresión y tampoco dolor. Vivir en un planeta así sería meramente no existir. Sin ninguna posibilidad de sentir emociones de ninguna naturaleza, la vida sería reducida a un ritual gris y mecánico de la cuna a la tumba. ¡Agradece que tienes emociones!”.


Artículo completo en: http://ficop.org/bibliotecaficop/151-el-mundo-de-las-emociones


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